Piquer y Parra o cómo la música desafinó con las dictaduras

Posted by Maria Angeles Lorenzo in Agencia, Artículos

Las guerras, las revoluciones, las dictaduras… Todas influyen de manera determinante en el desarrollo y establecimiento del patrimonio cultural de un país y el binomio cultural de vencedores y  vencidos se hace patente. El arte se retuerce hasta convertirse en lo que no es y la música no es una excepción.

Tras la guerra civil y durante la dictadura franquista unos estilos musicales se estigmatizan y otros de recubren de nueva pátina para dar lustre a una España gris y oscura. La copla es uno de ellos.

La copla forma parte esencial de la historia de nuestra música y hoy sigue siendo un género transgresor. Fue injustamente etiquetada por algunos como símbolo de la España más carca e intransigente, pero realmente vio la luz durante los años 30 del pasado siglo, vinculada a un pueblo republicano que admiraba este género porque era capaz de sentirlo profundamente, durante una época donde la calle y lo espontáneo se colaba por todos los lugares. Francisco Franco hizo de la copla un género necesario en la nueva España y puso a Concha Piquer, Estrellita Castro o Antoñita Moreno bajo el manto de la dictadura tratando de borrar sus orígenes republicanos. La copla (a pesar de ir en contra de la moral judeo-cristiana que se enraizó en España durante el franquismo) permaneció y triunfó durante un Régimen que ignoró que lo personal fuera político. No si lo cantaban mujeres.

Las folclóricas fueron las dueñas y señoras de la copla a lo largo y ancho del gobierno franquista (ellos, en su mayoría, tomaron el camino del exilio) y el Régimen las obligaba a que sus vidas proyectaran “los valores ideales que debía tener una mujer de bien”. Así ocurrió con Juanita Reina, pero no con Concha Piquer.

Doña Concha, injustamente tildada de franquista y muy mal tratada por el régimen (fue multada en varias ocasiones y se negó a cantar en El Pardo y ante Franco ‘Ojos Verdes’ una segunda vez porque, y según sus propias palabras, “estaba merendando”)  retó con su comportamiento y sus libertades al estricto esquema moral que el dictador diseñó para las mujeres. La Piquer, rebelde y libre de perjuicios, disfrutó públicamente de su amor por Antonio Márquez, casado por aquel entonces, de sus viajes  y de su independencia económica (ella afirmaba: “si no gano dinero, no me divierto”) Eso la situó en el ojo del huracán, cabalgando sobre un binomio antagónico libertad-libertinaje. Una vergüenza para la rígida y atávica moral católica franquista.

Con la llegada de la Transición, la copla mutó en chivo expiatorio. Considerada imagen (im)popular de un régimen mezquino y oscuro y representante de la esencia cultural del franquismo, el rechazo a este género musical fue radical y sus representantes femeninas, señaladas como franquistas. Se ignoraron sus inicios republicanos y que la sensualidad de las letras y de sus intérpretes era un desafío constante a la estricta moral franquista.

Fuera de España otros regímenes dictatoriales también anulan, si no reconducen, talentos musicales.

El 11 de septiembre de 1973, cuando los días del régimen franquista está contados, militares chilenos con Pinochet al mando derrocan a Salvador Allende e instauran un régimen militar dictatorial de extrema derecha.

La música sirvió de hilo conductor para la resistencia de aquellos que estaban en desacuerdo con el nuevo régimen militar. Mientras unos, embajadores culturales durante el gobierno de Allende, eran considerados enemigos del régimen y emigraban (cuando no eran encarcelados, torturados o asesinados) otros escribieron letras de canciones en contra de Pinochet y su régimen. El apagón cultural chileno estaba en marcha y con él la resistencia: toda fuerza tiene su opuesta.

Fallecida en 1967, seis años antes del golpe de estado de Pinochet,  Violeta Parra fue considerada precursora de la canción protesta; Parra, reconocida mundialmente, revolucionó a través de sus canciones, versos y creaciones plásticas la manera de hacer arte en el siglo XX. La artista chilena rechazó combativamente al franquismo y estaba comprometida con la izquierda.

Con Violeta Parra nació la Nueva Canción Chilena, la música de resistencia que posteriormente crecería en el contexto histórico de la dictadura chilena de Augusto Pinochet, el tránsito de la música de lo clandestino a lo público, como arma. Parra cambió la lírica chilena y como el Cid, ganó batallas tras su muerte.

El régimen de Pinochet se encargó de diluir el compromiso de esta mujer y el legado político que Parra materializó a través de la música con la recopilación de todo el folclore chileno. Ese folclore musical que suponía un gesto de rebeldía contra el capitalismo, una búsqueda de raíces.

En 1977, cumplidos 10 años de su muerte, el régimen militar chileno dejó caer la idea de que Violeta Parra “fue una mujer genial que se mató por amor” intentando ocultar el trabajo político y cultural que llevó a cabo esta mujer en la última etapa de su vida.

El pop francés incendió el Mayo del 68,  la revolución contracultural de Woodstock se puso en pie de guerra contra Estados Unidos y Vietnam. España, por el contrario, era oscurecida culturalmente por un régimen dictatorial que elegía qué y quién podía cantar y se sumió en el ostracismo musical. Años después, al final de la dictadura, los cantautores y cantautoras como Mari Trini, tomaron los pentagramas al asalto, hicieron de la música libertad y decidieron que contra Franco se cantaba mejor.

El movimiento musical antifranquista vio la luz en los últimos años de la dictadura cuando Chile, por el contrario, perdía su democracia tras el golpe de Estado de Pinochet.

El ciclo comenzaba de nuevo. Allende los mares.

 

 

 

 

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31 Ene 2019 no comments

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