Háblame bien

Posted by Maria Angeles Lorenzo in Agencia, Artículos

La lengua es una herramienta muy valiosa, un instrumento básico con posibilidades infinitas; la lengua confiere identidad, integra el poso histórico de hábitos sociales y es el resultado de una visión patriarcal de la sociedad impuesta desde hace siglos. La lengua refleja la sociedad en la que se desarrolla y si esta es machista, homófoba o racista, su lengua (o mejor, el uso que le damos a esta) lo será.

En un momento en el que el debate feminista lo abarca todo, es importante reivindicar que el lenguaje evolucione y deje en desuso las palabras y expresiones que alimentan las diferencias entre hombres y mujeres, pero el feminismo y la lengua española no se llevan bien. «El lenguaje está creado por el hombre, para el hombre y tiene como objeto el lenguaje del hombre”, afirma la filóloga Pilar Careaga, autora de la obra El libro del buen hablar.

El sexismo del lenguaje comenzó a combatirse a nivel internacional a partir de la primera Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en México en 1975.  No es exclusivo de la lengua española. Los insultos sexistas están normalizados y, desgraciadamente, se tilda más como políticamente incorrecto aludir al color de la piel o a las capacidades intelectuales o físicas a la hora de insultar, que decir “puta» o “malfollada”. Rizando el rizo, los insultos que parecen sólo sexuales reflejan una dinámica de poder activo-pasivo, donde lo pasivo es siempre femenino, donde la mujer es cosificada y reducida a un objeto de mero disfrute.

Hacer las cosas “como una niña” o ser “una zorra” dejan patente la misoginia en el uso del lenguaje o la homofobia (lesbofobia en este caso) cuando se emplean expresiones que ponen cuestionan la orientación sexual lésbica de una mujer porque “no han probado una buena polla”.

También insultamos refiriéndonos a todo aquello que no pertenece a la esfera de lo humano, pero por encima de todo, a lo que no se incluye en lo “humano por excelencia”, que se representa como un hombre adulto, blanco y heterosexual. Es cuando el abanico de insultos se extiende a inmigrantes, clases no pudientes, homosexuales o personas con discapacidad.

Los vocablos y expresiones sexistas perviven en distinto grado en el lenguaje cotidiano y son perpetuados (o no) por el uso que se haga de esto. La violencia de género es producto de la desigualdad y el desprecio hacia las mujeres y el lenguaje (reflejo de la sociedad, insistimos) acentúa esas diferencias con el uso de este tipo de insultos. En Francia constituyen un acto de violencia cotidiana: en 2017, 1,2 millones de mujeres fueron objeto de insultos sexistas, es decir, casi una de cada 20 francesas. En el 64% de los casos, el ataque verbal incluyó insultos como “zorra” (27%) o “puta” (21%). En Francia, la ley fija sanciones de hasta un año de cárcel y multas de 45.000 euros como máximo por injurias sexistas públicas. Sin embargo, estas son muy infrecuentemente denunciadas (solo el 6% de las mujeres afectadas presentan una denuncia) y más raramente aún condenadas: en 2017, solo se pronunciaron cuatro condenas por este delito.

El inglés, citado frecuentemente como un ejemplo de idioma libre de carga sexista, recibió entre los años setenta y ochenta, la presión de movimientos sociales para eliminar prejuicios. Por ejemplo, la palabra fireman (bombero) que nace a partir de la palabra man (hombre) fue reemplazada por  “firefighter”.

Hay parámetros sexistas y androcéntricos universales, pero en cada lengua se manifiestan de distinta manera.

Otro frente abierto es la marca de género y la invisibilización de lo femenino al incluirlo en lo masculino. Sí, el español divide entre masculino y femenino, pero el finlandés, el turco o el persa son lenguas sin marca de género. El griego tiene tres, mientras que el polaco distingue entre cinco: neutro, femenino, masculino personal, inanimado y animado. Esto lleva a pensar que la sociedad hispanohablante no se expresa en masculino por economía del lenguaje, ni por optimización filológica: lo hace porque piensa en masculino, porque  representa, individual y colectivamente, el mundo en código patriarcal y como tal, se expresa.

Las instituciones pueden legislar sobre el lenguaje, pero las reformas solo funcionan si la mayoría de los hablantes las aceptan; reflexionar sobre la lengua desde la perspectiva de género es imprescindible para aprender a evitar los usos sexistas y para avanzar. Pero no se trata tanto de modificar el lenguaje como de, además, modificar la sociedad, dejar atrás el patriarcado para llegar a ese cambio final y compensar el desequilibrio sistémico imperante de hombres sobre mujeres. También en el lenguaje.

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28 Nov 2019 no comments

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